¿CÓMO ESTÁ MI VIDA?
Tres cartas me cuentan que ya queda menos
Hace unas semanas, vacía de inspiración le pedía a la “amiga” IA tres palabras al azar para usarlas como disparadores para una ida y venida de las mías.
Mi querido Sergio Gata Trigaza ⭕️ , el rey de los retos (es como un disparador andante para mí), me invitó a coger tres cartitas al azar y hacer lo mismo.
Y si este señor me reta, Mon lo acepta. Sin saber qué saldrá de cada reto.
Esta vez las cartas me hablan. Yo me hablo.
Mis idas y venidas llegan siempre desde fuera. Una palabra, una circunstancia, un objeto o una anécdota, son excusas perfectas para darle a la manivela y accionar el engranaje del organillo para que salgan a la superficie todos los hilos bien desenredados.
Hay veces que me sorprendo a mí misma al leerme. Me convenzo que mi cordura es más locura que otra cosa, sin embargo, hay quien me dice sin tapujos: “qué coherencia la tuya”.
Y para mis adentros pienso: “no tienen ni la más remota idea de lo que se dicen”.
Porque vivo en un cierto caos vital. Y de ahí que cuando el amigo Sergio me retó a hacer una ida y venida a partir de tres cartitas tarotiles, pues la menda, que no se amedrenta con los retos del colega, solo se me ocurrió una pregunta: ¿Cómo está mi vida ahora?
Y es que no sé, en realidad, cómo definir mi vida ahora. Podría decir que es un remanso de paz, con ciertos remolinos que amenazan convertir esas aguas tranquilas en aguas más bien turbulentas.
Son los ecos del pasado. Los que me acribillan con balas de fogueo una y otra vez. Heridas que creo que están cicatrizando, siguen abriéndose. A veces es solo que la costra saltó, otras, una brecha se abre de nuevo dejando salir la sangre a borbotones. Es un pasado pesado, mal cerrado, que se obstina en quedarse enquistado. Sin cirujano que lo extirpe. O con malos cirujanos que no arrancan de raíz esa bola de sebo que afea todo lo bonito que me rodea.
Sé que es un sueño roto. Que ese pasado que chilla y que reverbera por todos lados se ha incrustado tan en mi persona que no me deja acabar de ser. Todavía duele. Ahí está. El muy cabrón. Juega a hacerme cosquillas, y lo hace con tan poco tacto que me hace daño. Es un puto diablo juguetón. Le gusta jugar al escondite. Lo hace de perlas. Cuando creo que se ha ido, que ya está, entonces reaparece con el sarcasmo dibujado en su sonrisa. Y el juego vuelve a empezar. Ahora ya no es escondite, es el pilla a pilla. Yo corro. Él pilla. Yo lo esquivo. Él intenta una zancadilla. Jugamos al gato y al ratón, cuando, en realidad lo que quiero, es simplemente que caiga de una vez en la trampa mortífera del olvido. Y si no puede morir, al menos que se quede embotellado en formol. Para aprender de él. Para estudiarlo y sacar conclusiones que me permitan avanzar.
Es una lucha interior de mi yo moribundo, el del pasado, y un yo nuevo, el del presente. Ese que tiene miedo a mostrarse, al que todavía le cuesta despojarse de una máscara que ni le deja ser ni le deja respirar aires renovados.
Se trata de cerrar capítulos. De repasar lo aprendido mientras leo cada palabra de ese pasado que dolió y, aunque menos, sigue doliendo. Hacer las paces conmigo misma. Porque de nada sirve ya haberme insultado de mil maneras distintas por no haber hecho, por no haber dicho.
Al final es un trabajo mental que yo debo realizar. Nadie puede hacerlo por mí. Como siempre, sé que me acompañan cogiéndome de la mano, poniendo mercromina para no infectar de nuevo esa herida a medio cerrar. Estoy convaleciente, recuperando el tiempo perdido. Sanando después de haber estado mucho tiempo en cuidados intensivos.
Ahora sólo necesito pequeñas curas. Ya no es necesario tenerme monitoreada las 24 horas. Pero todavía no tengo el alta. Todavía son necesarias las revisiones.
Sé que ya queda menos. Sé que quedarán secuelas, que, bien llevadas, no interferirán en mi caminar pa’lante.
Así que, como dice mi querido taronaua, “amo al lío”.
P.D. espero tu opinión de mi lectura contextualizada.


