ECLIPSE, BRÚJULA, MANDARINA
La teoría de los contrarios
Experimento: le voy a pedir a la IA tres palabras al azar. Ya lo he hecho. Obediente me ha escrito: Eclipse, Brújula, Mandarina.
A por ello.
¿Será el destino la brújula de nuestras vidas? Teniendo en cuenta que este aparato marca el camino, y, sobre todo, nos orienta, debo decir que no. O eso, o es que es una brújula escacharrada y malévola que nos obliga a perdernos una y otra vez. Quizás el destino es una brújula mal calibrada. O al revés, somos torpes usuarios de ella. Que sí, que siempre marca al norte, pero eso da igual. Nos vamos hacia el sur, porque nos lo pintan con calorcito del bueno y risas templadas.
El este no tiene buenas connotaciones, al menos para mí. Cuando escucho: “los países del este”, me recorre un hormigueo y una sensación de estos no son buena gente que reniego de ir p’allá. Pero soy un ser racional, en su justa medida. Debería serlo un poco más, pero no puedo. O no quiero. Por eso de dejarme llevar por el corazón. ¿El corazón manda? Pues desgraciadamente, sí. Es quien dicta. Yo obedezco. La razón es aburrida y Pepito Grillo. A veces la mandaría al campo a que se entretuviera a coger mandarinas. O a sembrar patatas, que es más jodido, por eso del remover la tierra para encontrarlas.
Y es que no me fío de mi razón Pepitogrillera. A veces, juega en mi contra. No piensa en mí. Como cuando el corazón me pide decir no, o hacer lo contrario de lo que quieren los demás. Aparece doña Razón, con sus valores demasiado arraigados: “tienes que ayudar, tienes que ser amable, tienes que morderte la lengua, tienes que ser agradable, ser respetuosa…” ¿Y si no tengo ganas? ¿Y si necesito mandar a la mierda a este o al otro? Como dice mi madre: “més val una vegada vermella que cent de verdes”. O lo que es lo mismo, si siempre se dice sí, se acostumbra la gente. Aunque no lo quiera. Así que mejor ponerse rojo una vez, alzar la voz y decir “NO”, que aguantar a regañadientes las consecuencias de decir un SÍ hipócrita.
A lo que iba. Esas connotaciones de la gente del Este, que aparecen sin más tienen su origen en la historia. En la división de la Alemania del Este y la del Oeste. En el Comunismo de principios del siglo XX. En esa irremediable manera de dividir siempre en dos antagonistas todo lo que existe en el mundo. Bueno-malo, bonito-feo, positivo-negativo, arriba-abajo, izquierda-derecha… Todo emparejado, todo viviendo gracias al otro y no por sí mismo. Siempre en función de algo.
Y es que, señores, la doña vive al este de España… ¿Soy mala gente? pues debería preguntárselo a la gente del oeste. Pero en cambio, vivo más o menos al oeste de Italia. O sea que en Italia me quieren y piensan bien de mí.
Al final, creo que hay que dar la oportunidad de conocer, de construir una opinión en base a lo que uno vive, observa y conoce. Dejarnos llevar por la musicalidad de las noticias contaminadas de connotaciones, según quien informe, es tener sesgada una realidad. Como dicen por ahí: “dicen lo que les conviene”. Y como siempre, lo que le conviene a uno, al otro le repatea. Y al revés. Así que unos tiran mierda hacia un lado, y los otros barren pa casa.
Es la dualidad de este mundo. Sin matices. Si buscamos un gris neutro, nos tildan de tener poca decisión, de ser diplomáticos y cobardes, por no querer tomar partido de nada. Y a veces no es no querer tomar partido. Es ver que aceptando ambas partes, la visión del mundo se amplia. Una panorámica perfecta. Podrá gustarnos más esto que aquello, pero de aquello nos gusta más unas cosas de lo que nos ofrece esto. Escoger lo mejor de cada casa. Quedarse con lo que resuena con uno mismo. Joda a quien le joda. Es una cuestión de respeto. No estoy de acuerdo pero respeto tu opinión. Eso sí, respeta la mía.
Pero a veces, esos contrarios conviven en armonía. Se encuentran, se comunican y llegan a acuerdos. Como el anochecer y la madrugada. Hay un momento que no podemos decir que es de noche ni es de día. Es un momento mágico en realidad. La luz es tenue, la temperatura agradable, con esa brisa fresquita del amanecer, y ese apagado del calor al anochecer. Las puestas y salidas del sol nos regalan un espectáculo cromático brutal. Anaranjados, rosados, azules… En un momento en que día y noche se dan la mano. En el que, en el mismo momento, luna y sol comparten lienzo. Separados el uno del otro, uno para irse a la cama, el otro acabado de despertar. Conviven. Alejados el uno del otro, pero sin estorbarse. Dándose el espacio para lucirse allá arriba.
Pero como todo, sol y luna son un poco puñeteros. Al sol le gusta meterse en medio y esconder la luna tras su sombra y otras, es la luna la que, aun siendo más pequeña que el astro Rey, apaga la luz de este. No van en contra el uno del otro. Juegan al escondite, o al pilla pilla… A saber. No creo que se odien.
Y lo bueno es que el resultado de estos juegos entre ambos, el eclipse, no los destruye. Nadie gana, nadie pierde. En realidad, se están mirando. Yo lo imagino así. Dos amantes que se persiguen pero nunca se encuentran, salvo cuando los astros se alinean, que entonces pueden mirarse cara a cara y encontrarse.
El destino no es brújula. La verdad es que somos nosotros mismos. Andamos hacia donde queremos, en una búsqueda incesante de conseguir los objetivos propuestos. Forjamos nuestros destinos a base de tomar decisiones. No siempre lo conseguimos. No siempre ganamos. Dependemos muchas veces de las decisiones de los demás. Como los contrarios, nuestro destino y el destino de los demás, dependen los unos de los otros. No vivimos aislados. Convivimos y puede haber daños colaterales.
Así que, aunque me encante soñar que el destino está escrito, debo abrir los ojos y resignarme que soy yo la única brújula de mi vida.
Una ida y venida patrocinada por tres palabras ofrecidas por la IA.



Tú tení que sacar tres cartas al azar y hacer lo mismo 🙏😎🫂