ESCRIBIR ES MI VOZ
Vida entre líneas
Encontré en las palabras escritas lo que no encontré en el habla.
La facilidad de decir evitando el cara a cara.
En el baúl de los recuerdos encuentro cartas sin sello, sin sobre y sin fecha.
A veces, están escritas por mí a la espera de llegar a su destinatario. Otras, soy yo la destinataria. Son la respuesta sincera de otro a esa carta que me atreví a entregar.
Porque ese otro seguramente me conocía bien y sabía que es mejor leer en silencio que escuchar con ruido. Que eso del hablando la gente se entiende, en mi caso, se traduce en: escribiéndonos y leyéndonos nos entendemos.
Al escribir soy capaz de encontrar las palabras adecuadas. El bloqueo desaparece, la agilidad en reaccionar y saber qué decir es casi abrumadora.
Escribir es mi voz. Hablar es mi silencio. Siempre lo digo. Soy nula para la oratoria, soy nula para rebatir nada ni nadie de viva voz. Las palabras no quieren llegar a mis labios. Prefieren el teclado, el lápiz o el boli.
Sé que esa dificultad juega en mi contra, pero me permite observar lo que nadie ve. Un gesto, un tono, una reacción. Soy espectador de torneos de los mejores oradores de mi día a día. Y eso me da el poder de conocer mejor que nadie a los que tengo alrededor. De darles la oportunidad que otros no le dan. De ponerles límite en mi vida cuando otros le abren de par en par sus vidas.
Yo, a lo mío. Escribir. A veces por necesidad, a veces por el puro placer de descubrir que estoy loquísima, que si sigo sin censura los hilos de mi pensamiento puedo pasar de un perro a la nostalgia de la playa, pasando por un invierno oscuro, para esconderme de un gato negro. Pasar de puntillas por lo difícil del amor y encontrar un motivo estúpido para aplaudir la vida.
Y después están todos esos cuadernos escritos a mano. Aquellos que nadie lee porque son solo míos. Mis diarios. Páginas y más páginas de dolor, de lágrimas a media noche. Dónde solo yo sé cuál es mi único deseo en la vida. Aunque es cierto que quien me conoce de verdad lo puede intuir.
¿Deseo concedido? Pues a día de hoy va a ser que no. Es igual. Estaba hablando de escribir…
Esos diarios son quizás mis primeros andurriales por la escritura.
Como eso era doloroso, decidí escapar con escritos cortos que esbozaban mis emociones. Las camuflaba con historias de mentira, con verdades escondidas. Y de ahí, un día,decidí poner por escrito historias imaginarias que llenaban mis ratos de soledad.
Con esa fuerza de la adolescencia, soñaba con grandes novelas, grandes historias de amores de instituto. Y todavía conservo dos a medio empezadas, medio olvidadas.
La vida me llevó a casarme. Y con esa unión olvidé las palabras escritas. No cartas silenciosas, no diarios turbulentos, no historias memorables. Nada.
Vacío. Como si mi vida fuera una neutralidad grisácea. Nada por lo que llorar, nada por lo que reír. Un agujero existencial donde nunca sabré qué sentí, qué viví, qué valió la pena y qué no.
Pero el Señor de allá arriba, el azar o el destino, me dieron nuevas cartas. Una en concreto: mi hijo, con un comodín: su autismo.
Fue un disparador inefable. Diez años de vivencias por escrito. Mi rincón favorito, mi diario personal con matices. Un viaje por un duelo eterno.
Sin embargo, todavía se me resistían los cuadernos a mano, mi lugar secreto, donde yo soy auténticamente. Ahí estaban, esperando mis palabras. Páginas esperando ser vestidas de tinta, de curvas y palos. De puntos y silencios.
Volví a ellos cuando, una vez más, se repartieron nuevas cartas.
Durante casi un año acepté ese dolor genuino de lo roto. Pataleé, lloré, grité, me confundí… hasta reconstruirme.
Y en mi recién estrenada soledad a ratos volví a escribir. Hice cursos de escritura. Descubrí por casualidad este nuevo refugio.
Y aquí estoy. Escribiendo de lo que me da la gana. Sin esperar nada a cambio. Sin esperar un baño de masas.
Escribo para y por mí. No hay más.
Hay quien habla para ser escuchado. Yo escribo para sentirme viva.
Y aquí estoy.
Más viva que nunca.


