Capítulo VI - ESTACIÓN NORTE
CONOCIÉNDOSE
Deni observaba atónito la grandeza de Estación Centro. Su color extremadamente gris, contrastaba con largas avenidas adornadas con altos eucaliptus que desprendían un aroma fresco y a la vez rancio, a enfermedad. A lo largo de todas las avenidas se dispersaban conjuntos de bancos, puestos manera extraña. Uno delante del otro, como para obligar a entablar conversación con quien tuviera la suerte, o mala suerte de sentarse ante él. Habían tenido el detalle de poner hormigón impreso de colores. No sabía por qué. Pero al menos le daba un toque de vida a todos esos edificios altos, oscuros, con ventanales curiosamente impolutos. Al parecer, ahí se esmeraban en mantener limpio todo recodo, todo rincón que pudiera ser visto.
Todo aquello nada tenía que ver con las casitas dispersas de Entre Estaciones. Ni con los cuadrados verdes tan acotados de las siembras. Cada casa sus cuatro cuadrados. Para plantar lo que, desde arriba, la alcaldía de la población decidía. En Entre Estaciones estaba todo calculado. Cuatro parcelas, cuatro estaciones, cuatro tipos de plantaciones. Era una manera de mantener durante todo el año la economía de cada caserío.
Después estaban las granjas. Allí los cuadrados eran más grandes si tenían vacas, ovejas o caballos. Los que se dedicaban a la ganadería, tenían ciertos privilegios. Se les permitía contratar personal para delegar ciertas tareas poco agradables y poco agradecidas. Pagando la mitad del sueldo correspondiente, puesto que la otra mitad la subvencionaba la alcaldía.
Ahora todo quedaba lejos. Tenía esa oportunidad de oro, la de abandonar para siempre Entre Estaciones, para convertirse en periodista. Aunque su mayor sueño era ser escritor. Se lo dijo al Pumpinker el día que se conocieron y supo de inmediato que fue un error. En su formulario no puso ser escritor, puso ser periodista local. Y tenía su razón de ser: si no conseguía publicar una novela en condiciones, aprobada por el tribunal de letras, no conseguiría su trabajo perfecto. Y sin su trabajo perfecto, no habría mujer con la que compartir vida y por tanto largarse a alguna de las cuatro Estaciones. Y no quería volver a Entre Estaciones. No había nada de increíble allí, salvo sus hermanos, a los que soñaba con sacar de ahí también.
—Pumpinker, ¿tú sabes si estos suelos de colores tienen algún sentido?
—A. No me llames así. B. sé lo mismo que tú—. Liser le contestó con esa sequedad impropia de los colegas.
—Tío, es broma. Pero es que ese coche, ese coche es como los que nos llegan a Entre Estaciones.
—¿Qué sabrás tú de coches? Es un gran coche—. Sin embargo, Liser sabía que no. Esa cafetera tenía casi los mismos soles que él. No gozaba de ninguna tecnología punta y mucho menos de una aerodinámica digna del momento.
Caminaban uno al lado del otro, cada uno absorto en sus cosas. Deni en mirar aquí y allá, deslumbrado por la altitud de las facultades, por el largo de los edificios de formación profesional, por el tránsito de chicos y chicas que iban y venían en busca del centro que les habían asignado. Liser, en cambio, no alzaba la vista del suelo, en este caso, morado. Como si supiera dónde debía ir. Ajeno a las idas y venidas de los demás, sin prestar atención al choque que, sin previo aviso se dio con una chica.
—¡Eh! Mira por dónde vas, que no estás solo— masculló mientras recogía unos papeles que se le cayeron al chocar con Liser. —¡Mierda! Mierda, mierda y mierda. Se ha mojado, se ha mojado todo.
—… Perdona, yo… Lo siento—. Y al alzar la vista hacia ella, descubrió unos ojos dorados, felinos. Parecían estar en llamas. Unos labios apretados, curvados en mala dirección. Un pelo ondulado, loco, que resquebrajaba involuntariamente todo el rostro. —Si puedo hacer algo por ti.
—Pues sí puedes. Lárgate de mi vista. ¡Ya!
—Eh, tía, que Pumpinker no lo ha hecho queriendo. Tampoco te pases.
—¿Pumpinker? ¿En serio? ¿Te llamas así? ¿Eres el becado? ¿Plantabas calabazas en Entre Estaciones?
—No… yo, no… yo soy Liser, de Estación Sur.
—Da igual.
—Yo soy el becado, muñequita gruñona— apuntó Deni, con un marcado acento al dirigirse a la muchacha.
—Y yo la concejala de Estación Centro, no te jode—. La contestación fue tajante, denotando una desconfianza ciega hacia ese chico alto y desaliñado. —Mira, Liser, ¿es así, no? Sí que me vas a ayudar. ¿Ves estas doce hojas escritas? Pues me la vuelves a escribir. Era mi carta de presentación, mi llave hacia el éxito. La tengo que presentar este mediodía, y como comprenderás, no voy a presentar esta mierda mojada…
—Pero, yo tengo que ir a la facultad… Es el primer día y tengo que estar para presentar mi carta… No puedo, yo… no sé… yo
—Pues te buscas la vida. Quedamos a la hora del almuerzo. Tienes tiempo.
—Pero…
—Tú mismo. Edificio H.
—Ya pero…
—Quedamos ahí— gritó mientras aceleraba el paso para distanciarse de los dos muchachos. Y antes de perderse avenida arriba, se giró y gritó—Soy Aura, de Estación Este. ¡No me falles, Pumpinker!
Les tiró un beso burlón y desapareció. Liser se quedó inmóvil, con las hojas mojadas entre las manos, sin reaccionar, sin saber qué tenía que hacer.
—Liser, tío. La que has liado.
—¿Y qué hago ahora?
—¿Cómo que qué haces? Pues correr y escribir de nuevo la carta de presentación. Pobre chavala.
—¿Pobre chavala? Lo que es, es una … —. No terminó la frase. En casa le habían enseñado a ser educado, cortés y no insultar a nadie, por mucho que se lo mereciera, como era el caso.
Suspiró derrotado. Su presentación tendría que esperar. Tendría que pensar una excusa digna para no aparecer en clase el primer día,
La ansiedad volvió a su cuerpo. El sudor frío recorrió su espalda. Su cabeza se abofeteaba por haber fallado ya el primer día.
—Puedes no hacerlo, pero no es caballeroso—. Deni le dio unos golpecitos en la espalda. —Va, ya pensaré algo para la falta de asistencia sea justificada. Recuerda que soy escritor.
Liser se giró hacia Deni. Se miraron los dos. Deni le guiño el ojo y Liser, no pudo esconder una risa tonta, que surgió de la nada, de la tensión del momento, de una situación inesperada.
—Va, tío. Corre a la residencia y teclea sin parar. Por cierto, has tenido suerte que su edificio no está lejos del nuestro, porque si llega a ser el edificio Z… —. Y volvieron a reír, con más ganas, con esa risa que sale del comentario más absurdo.
—Gracias.
—De nada, Pumpinker.
Y sin nada más que decir, Liser guardó las hojas en su mochila y se echó a correr calle abajo. Y mientras corría, solo tenía una cosa en mente: “¡Qué guapa era!”
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