¡HABLA!
El silencio también duele.
Nos enseñaron a callar. A guardarnos nuestras pataletas para sanarlas en la soledad de nuestras habitaciones. Hay quienes se desahogaban llorando, otras se evadían con música a todo volumen y estallaban en bailes locos. Las más reservadas escribíamos un diario, mientras las lágrimas rodaban una detrás de otra. Y para rematar, canciones que más que quitar rabia nos hundían más en la miseria del silencio.
No poder decir, no poder expresar lo que llevamos dentro, ha sido un error. Es un error. Porque, a veces, todavía cuesta.
Es un miedo absurdo a la reacción del otro. Sea amigo, compañero de trabajo o pareja.
Pero me he dado cuenta de algo. Quienes saben de nuestros miedos, se aprovechan. Saben que callamos, saben que nos resistimos a explotar. Y cuando, nos decidimos a alzar la voz, nos mantienen a raya con un simple giro en el ataque. Son capaces de crear su propia pataleta. Con palabras viperinas, nos empequeñecen. Nos tapan la boca o, mejor dicho, nos dejan con la palabra en la boca.
Otros utilizan la fuerza. No al estilo violencia física, no. Saben demasiado para levantar la mano. Pero son fáciles las amenazas, las miradas desorbitadas y llenas de odio.
Y callamos una vez más. Sabiendo que la reacción del otro no es normal. Que lo único que queríamos era sacar a la luz sentimientos que nos remueven por dentro. Para hablarlos, para que nos entiendan, para mejorar la relación, sea cual sea.
Aprendí a callar, pero también a tener miedo. Normalicé, sin verlo, ese servilismo impuesto. Sin nada a cambio. Sin ese sostener cuando duele el corazón, sin ese apoyo que no es necesario pedir. Darlo todo a cambio de nada.
Sin embargo, después de muchos años y de haber sido deshauciada de mi propia vida, he decidido no callarme mis cosas. Lo que duele, lo que anima, gestos, abrazos, besos... Todo lo que reprimí en el pasado no lo quiero seguir viendo encarcelado por miedo.
Porque callar, estar paralizada y buscar solo el bienestar y tranquilidad del otro, no me ha beneficiado en nada.
Al contrario, lágrimas inútiles que no se van, autoestima más allá de los infiernos, una muerte en vida que no le deseo a nadie.
No me da la gana de callar. Necesito decir lo que me pasa por la cabeza, aun sabiendo que puede doler. Necesito que quien me escucha sea capaz de reaccionar con coherencia, buscando conversar. Sin enfados, sin huir.
Porque si algo me ha enseñado la vida es, precisamente, que hablando se entiende la gente.
Y no solo eso. Quien me quiere aceptará la crítica, al igual que yo aceptaré las suyas.
Porque no soy perfecta, ni pretendo serlo. Soy persona y quiero ese trato. Quien no me lo dé, tendrá una segunda oportunidad, porque es de sabios rectificar y porque, a veces, las malas reacciones se acompañan con disculpas y ganas de solucionar esas no palabras.
Nos enseñaron a callar, invalidando sentimientos reales que duelen. Ahora necesito decirlos sin sentirme culpable.
Quien acepte eso, perfecto, mi casa es su casa. El que no, se ha equivocado de puerta.



Aqui no se calla