OCHO, TRECE O VEINTE
El arte imposible de llegar a todos
Trabajo con niños. No cualquier niño. En realidad, trabajo con pequeños seres que están descubriendo lo que significa vivir. Vivir en sociedad. Pequeños seres que llegaron al mundo sin ser preguntados. Nacieron y punto. Cada uno de ellos con sus genes repartidos al azar. Para bien o para mal. Eso ya se verá con el paso del tiempo.
Algunos llegan con meses de vida. Todavía tibios de los algodones de sus progenitores. Tiernos y manejables. En apariencia. Tienen un arma más que potente para saberse ganadores: el llanto. Llorar para comer, llorar para dormir, llorar para demandar atención, llorar porque no se encuentran bien, llorar para despedirse… Y la “bruja” que soy yo, no siempre consuela. No siempre acepta la derrota, sino que lucha contra viento y marea para detener ese llanto que penetra cual taladro en mi cabeza.
No es que no quiera cogerlo. No es que no quiera darle el biberón. Tampoco es que no quiera mecerlo para que se calme y se duerma. Y menos no prestarle atención. No. Hay más. Siete bebés que hacen exactamente lo mismo: llorar desesperados. Así que para atenderlos a todos tendría que ser una humapulpo con ocho brazos y ocho manos. O tener el gran poder de tener siete copias más de mí, como un ejército para que esa paz y armonía del hogar se consiguiera en el aula.
Pero cuando descubren que pueden moverse, que sus manitas pueden alcanzar juguetes, que pueden ir de aquí para allá gateando o arrastrándose, la cosa se complica. Ya no lloran tan solo por lo de antes. Hay más. Aprenden a marcar territorio. Porque hay siete locos bajitos más que pueden coger “sus” juguetes. Que pueden tirarles de los cuatro pelillos que asoman débiles, o, incluso, los que ya han sacado dientes, morder sin compasión. Aparece una nueva misión: enseñarles a respetar al otro, enseñarles a compartir, enseñarles a quererse.
Porque no lo olvidemos, ser educadora infantil es educar. Es enseñar las primeras leyes del convivir. Es enseñar hábitos. Es moldearlos para ser buena gente en el futuro, con unos valores y unos principios que, espero, les acompañen de por vida. Es que aprendan a que hay normas que, gusten o no, hay que acatar. Y eso, amigos, cuesta. Más de lo que parece, más de lo que se ve.
Pero vamos a seguir. Nos plantamos en los niños de 1 a 2 años. Ahí conviven día a día, trece criaturas. Con sus propias maneras de hacer, moldeadas desde casa, desde esa crianza respetuosa, a veces mal entendida, que puede crear pequeños tiranos. Ya son conscientes del poder que tienen. Ya tienen más estrategias para sublevarse ante esa señorona con bata que solo hace que decir: “a recoger, a sentarse, no se tiran los juguetes, no se pega, no se muerde…”. ¡Qué odioso es estar siempre mandando y prohibiendo! Y es que no es que sea una Rottenmeyer con moño y cara de vieja amargada. No se trata de eso. Se trata de que, sin estas normas, sin este aprendizaje de orden, de saber estar, de respetar a los demás, de cuidar el material, y mil cosas más, es imposible tener momentos de cierta calidad. Como cuando cantamos o cuando puedo jugar con ellos, o hacerles cosquillas o mimarlos porque sí.
Porque, al final, lo bonito de mi profesión, lo que me llena más que me vacía, son esos momentos compartidos. Esa confianza genuina que se establece con ellos. Esa piedra del patio que me regalan con una sonrisa sencilla y esos ojos entusiasmados. Esos abrazos que aparecen de la nada, entre las piernas, por la espalda o de cara.
No me gusta regañarlos, pero hay veces que no cabe otra opción. Después del berrinche, un cara a cara, a su altura, no a la mía. Con voz calmada, explicando con palabras fáciles el por qué de mi enfado. Esos ojillos llorosos que me miran, esos pucheros que me rompen. Una pregunta final: “¿quieres un abrazo?”. Y ese asentimiento. Y ese hundirse en mi pecho. Hemos hecho las paces.
Pero son trece críos. Y no se puede estar con todos a la vez. Todos necesitan atención. Muchos quieren que les lea un cuento, otros quieren traerme cafés de mentira, otros quieren enseñarme sus geniales creaciones arquitectónicas… Todos quieren algo y no se puede todo. Es muy triste. Al final, los más echados pa’lante, los más avispados, sin yo quererlo, son los que reciben más atención. Por pesados, claro. Ese Mon a todas horas que han aprendido en sus primeras palabras es su manera clara de hacerles caso.
Y mientras hago todo esto, mis ojos observan al resto. Siempre atenta a lo que sucede alrededor. Pendiente de cualquier pequeño conflicto, cualquier pequeño tropiezo, caída, choque, arañazo, mordisco, pelea, que suceda por ahí.
Con 2 a 3 años, intento educar a veinte niños. Charlatanes, vitales, movidos, juguetones… Y que están aprendiendo a jugar en grupo. ¿Y qué pasa con eso? Que establecen sus propias normas que no a todos les gustan. Pueden jugar en armonía, pero puede que se líe la de San Quintín. La ley del más fuerte. La ley del menos respetuoso.
En esta etapa lo más divertido es escuchar sus conversaciones, observar sus juegos y degustar su imaginación. Son insuperables. No me canso de sorprenderme con sus cosas. Porque mi mirada hacia ellos no es tan solo ser la autoridad en la escuela infantil. Eso es solo una parte. Me siento guía, ayudante en sus retos, fan de sus logros. Verles cada mañana entrar corriendo con una sonrisa y decididos a obsequiarme con un abrazo es lo que me convence que, a pesar de las mil batallas diarias, lo estoy haciendo más o menos bien.
Sé que hay días que deseo que terminen. Son pequeños seres humanos que pueden tener un mal día como lo tengo yo. Sin embargo, los olvido con facilidad. Me quedo con aquellos en que todo fluye, donde todos nos queremos, todos nos divertimos y todos nos ayudamos.
Hoy 7 de mayo, la etapa del 0-3 estamos de huelga. Por muchas razones, pero una de las principales es que queremos poder educar con calidad. Al fin y al cabo, tenemos entre manos el tesoro más grande que unos padres y madres puedan tener. La responsabilidad que tenemos nadie la ve. No se trata de darles de comer, limpiar culos y hacerles dormir. No, amigos.
Es casi casi como maternar a contrarreloj. Y una madre cuida, enseña, quiere, sufre, ríe, llora, da de comer, duerme, juega… Con uno o dos, como mucho tres. Yo lo hago con ocho, trece o veinte. ¿Os lo imagináis? No, ¿verdad?
Pues ese es mi trabajo. Lo adoro. Me chifla. Y desearía poder dar mucho más de mí a estos, mis locos bajitos favoritos.
La vaga no es solo por cansancio. Es por impotencia: querer dar más de lo que el sistema permite.
Hoy tocaba dar voz a todos los que estamos en esta etapa. Por nosotros, pero, ante todo, por ellos, esos pequeños seres que han iniciado el camino de la vida.
Por nosotros. Por ellos.



tens tota la raó...es molt xulo