TENGO UN MÁSTER
Y nadie más lo tiene
Si hay algo de lo que sé, de lo que tengo un máster sín título, es de mi hijo y la condición que lo acompaña.
Así que, a pesar, de decir muchas veces que mi grandullón tiene su propio espacio, hoy hablaré de él. El pilar de mi vida. Quien me ha cogido de la mano y ha tirado de mí cada vez que la vida me ha noqueado sin piedad.
Nació con energía. Con solo 24 horas alzaba la cabeza. Metido en la cuna del hospital, todos nos sorprendíamos de esa fuerza poco común en un recién nacido. No parecía vulnerable. Pero sí nació hambriento. Con un hambre difícil de saciar que a día de hoy sigue acompañándolo allá donde va.
Era un bebé redondo, con fino pelo rubio y una sonrisa que nunca terminaba.
Movido, cantarín... Arrastrándose primero cual soldado, para después ir como las cabras con sus gateos.
¿Cuándo desapareció aquel niño sano, inteligente y travieso? ¿En qué momento decidió olvidar sus primeras palabras, frenar de golpe su desarrollo?
Casi sin darme cuenta, esa criatura que crecía adelantado al resto, que volteaba sobre su cuerpo a los cuatro meses, con una curiosidad inagotable, sociable con todos, que imitaba lo que le echaran, se esfumó.
Verlo con otros niños de poco más de un año fue lo que nos abrió los ojos. No a nosotros, sus padres, sino a su educadora que intuyó que algo no andaba bien. Ella fue la que nos alertó. Y fue ella quien me acompañó durante mis primeras andanzas por este máster tan extraño y salvaje del que me ha tocado aprenderlo todo.
Fue devastador. El recuerdo de aquellos días está medio borroso en mi mente. Ni tan siquiera puedo recordar el dolor en mis entrañas. Solo que todo se rompía a mi alrededor. Como un zombie, iba donde me decían… centro de atención precoz, valoración discapacidad, pruebas, estudios, más pruebas… Todo viendo como un pequeño de apenas dos años intentaba seguir disfrutando a su manera.
Nada de lo imaginado servía ya. Ni primeras palabras, ni la ilusión por la noche de Reyes, ni jugar con sus primos, ni tener complicidades, ni hacer amigos, ni fiestas, ni colonias, ni jugar a futbol....
Todo se rompió en mil pedazos. Como se rompe un vaso de cristal al caer al suelo.
Morir en vida. Esa era mi frase. No vivir. Solo seguir y seguir. Buscando de vez en cuando las causas. A veces devorándome la culpa. Otras fustigándome porque me había tocado a mí.
Sin embargo, esos ojillos pícaros me suplicaban vivir de verdad. A su manera. A nuestra manera. No dejaba de ser un niño. Pícaro. Feliz. Sonriente. Una criatura que no besaba como los demás. No. Solo acercaba su cabecilla de pelo rizado, o ponía la mano. No abrazaba, pero aceptaba achuchones.
Costó un año. Un duelo largo, silencioso. Donde escondí mi dolor a ojos de los demás. Donde solo sonreía de verdad con mi grandullón, en ese momento “bitxo petit”. Era él y era yo. Era yo y era él. Éramos los dos. Siendo uno. Cogidos de la mano. Él me mostraba su manera distinta de ver el mundo y yo me maravillaba de descubrirlo. Porque más que aprender él de mí y de la vida, aprendía yo de él y aprendí a vivir. Con esa manera bondadosa de mirar fuera. Con ese sentir sencillo, sin buscar maldad, porque no es necesaria.
Convivir y crecer con mi grandullón. Ha sido y es una aventura fascinante. No ha habido pelotas, ni bicicletas, ni peticiones imposibles.
Pero sí números, letras, clasificaciones imposibles, órdenes rígidas... Y risas, muchas risas. De las que duelen en la barriga, esas que te dejan sin respiración.
Aprendí a aceptar sus reglas. Él aprendió a tolerar alguna de las mías y muchas de la sociedad. En un mundo hecho para otros, él encontró su lugar. Distinto de todo. Ninguna preferencia. Ninguna idea de lo que ser de mayor. Pocas palabras, conversaciones absurdas, mucha música, mucho cantar, horrible para bailar.
No es que su lugar esté claro en esta sociedad que desvía la mirada hacia lo fácil, sin embargo, un río de personas nos acompañan en el camino. Algunos fueron su sostén en un momento dado, en unas circunstancias concretas. Sé que aún le tienen guardado en un rinconcito de sus corazones. Otros continuan con nosotros, por cariño, porque son nuestra manada.
Y es que, con total sinceridad, el duelo jamás se supera. Nunca llegaré a completar todas las fases. Es imposible. Perdí una realidad imaginada. Para siempre. Gané otra cosa, pero es difícil pensarla agradecida. Cada nueva etapa superada, lleva consigo una nueva, con su dolor, con su pena, con su aceptación y su lucha. Ayer fue que dijera alguna palabra, hoy es una adolescencia complicada. Mañana será qué será de él.
Y en la travesía, me perdí a mi misma. Me reconstruí como pude y nací distinta. Dicen de mí que soy una valiente. Una luchadora incansable. Con un lema por estandarte que desde ese diagnóstico precoz me acompaña: “pa’lante, siempre pa’lante”. Y cuando resbalo y estoy a punto de volver a las tinieblas oigo decir: ”como tú siempre dices, Mon”.
Y mil manos tendidas. Y lágrimas agradecidas.
Cojo de nuevo a mi grandullón y con paso acompasado, seguimos. Porque sé que yo soy su vida, pero también sé que él es la mía.
Grandullón es el objeto de este máster. Prácticas diarias de las que no siempre salgo triunfante. Un aprendizaje de vida. Un saber superar los obstáculos y aprender a convivir con ellos, sacando lo mejor de lo peor. Olvidando lo feo y guardando lo bonito de esta mierda llamada autismo.
Da igual. Aquí seguimos. Él con su manera de mirar el mundo. Yo aprendiendo todavía a mirarlo con él.



Uno de la manada te recolza
Són precioses les teves paraules i és preciosa la relació que tens amb el teu bitxo petit 🩵