VACÍO
Relato presentado al concurso RELATO 48
Vacío. Ingrávido. Solitario. Oscuridad tenue.
Cuerpos yaciendo inertes en el suelo. Apelotonados sin orden. Tantos como 48. Todos muy parecidos. Casi idénticos entre ellos.
Y, por si ya era bastante fantasmagórico, clavados a mí. Me reconocía en cada uno de ellos. Esos ojos oscuros mirando siempre de soslayo. Esas cejas diablescas, siempre dudando, siempre juzgando. Labios finos que desaparecen de tanto apretarlos. Eran yo.
48 yoes. Cada uno, me traía un recuerdo. Un momento. Un sentimiento.
Ese yo tímido, que nunca hablaba. Siempre callado por miedo a hacerse ver.
La infancia pasando como una película por mi mente. El colegio. Los recreos solitarios. Los cánticos de las niñas saltando a la comba, alegres. Los niños…. «churro, media manga, mangotero…». Y ese yo tímido, observando a lo lejos aquellos niños felices en sus juegos, ajenos al dolor de un niño que no entendía por qué lo ignoraban, porqué lo rechazaban.
El yo enamoradizo, siempre soñador. El que fue incapaz de hacer realidad ni un triste sueño. Adolescencia quebrada, por insistentes negativas. Apartado del descubrir. Un abrazo. Un beso. Una caricia. Senos. Nalgas. Sexo. Todo imaginado. Nada real. Solo la idea imaginativa de sentir la suave piel de las ninfas que deambulaban por el instituto. Fantasías solitarias que morían en un placer explosivo.
El ansioso, el controlador, el maniático, el obsesivo… un yo detrás de otro. Una versión de mí en cada uno de aquellos cuerpos grandes, grasientos y desagradables de observar. Y mientras llenaban la habitación vacía, susurraban palabras que me martilleaban la cabeza. Que me volvían una y otra vez a un pasado que no quería recordar. A un pasado al que no quería volver… «gordo de mierda… apestoso… maricón… ballena… oso peludo».
Y, ¿qué decir del yo miedoso? Incapaz de dar un paso adelante y replicar cada insulto, cada palabra escupida con maldad. De levantar mi cuerpo contra todos los golpes, patadas y escupitajos que me venían sin ton ni son, día tras día.
Un sin fin de versiones mías. Que entraron en la habitación, una detrás de otra, mirándome inquisitivas. Cada una con un número en la solapa de su camisa. Hasta 48. Las reconocía a todas. Y todas me dolían. Las odiaba. Las había echado de mi vida para crear mi mejor versión. Una versión valiente, una versión luchadora que no se sintiera derrotada antes de empezar la batalla. Pensaba que jamás las volvería a ver. Que nunca volvería a escuchar sus quejas repetitivas, ni que volverían a gobernarme. Me había sentido vencedor.
La realidad me golpeó. Como un huracán. Ahí estaban. Volviendo a mí. Recordándome que yo era una mentira más. Un disfraz con máscara. Escondiendo mi verdad a los demás. Mi realidad encerrada a ojos ajenos.
No había ninguna de aquellas versiones de mí en el presente. No estaban. Las exilié con esfuerzo para no morir en el intento de vivir. Pensaba no verlas más. Incluso las creí muertas. Pero no. Ahí estaban de nuevo.
Esa habitación desnuda de muebles se convirtió en un festival de yoes, rodeándome primero en silencio, andando en círculos a mi alrededor. Tres círculos a contracorriente. Uno hacia la izquierda, el siguiente a la derecha y el último, vuelta a la izquierda. Las paredes blancas se salpicaron de grises y oscuros azules. La luz mortecina del techo cayó como una losa sobre mí, mientras las 48 versiones me engullían entre sus ropajes fantasmagóricos.
Flotaban a mi alrededor sintiéndose amos y señores de mi ser. Sus voces se alzaron como un ejército. Todos a una:
—¡Impostor! ¡Impostor! Tú no eres yo... Tú no eres yo... Eres mentira. Nosotras somos tú. Tú no eres tú. Eres mentira.
Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían que yo era la copia.
El mantra se repetía una y otra vez, talandrando mi cabeza. Sentía los cuerpos de mis yoes cada vez más cerca. Amenazantes. Eliminar esa farsa en la que me había convertido. Si es que era una farsa.
Dudé de mi yo. Las versiones de mí insistían. Me querían hacer creer que era necesario eliminarme. Yo no valía. Yo no era yo. Era una copia.
—Tú no eres tú, ni eres yo, ni eres nosotras…. No vales…. No eres nosotras… no vales… no eres tú… No eres nosotras…
Quise empujarlas. Apartalas de esa cercanía agobiante que me engullía. Imposible sin mis manos liberadas, con mis brazos cruzados obligatoriamente. Las enormes hebillas clavándose en la espalda. La dura tela de la camisa rasgándome la piel, apretando mi cuello cada vez que intentaba mover el cuerpo para defenderme de esas malditas versiones. El sonido metálico de los cinco cerrojos que forjaban mi inmovilidad crujiendo a mis espaldas. No podía luchar contra ellas, sin manos, si solo tenía mis piernas y una masa sin brazos como armas de ataque.
El insistente mantra de las 48 versiones convirtiéndose en cántico colectivo. Todas ellas siendo uno. Cada vez más cerca, cada vez más vulnerable. Más amenazantes. Ojos inyectados en sangre que se clavaban en los míos traspasándome el alma, sintiendo la acusación como latigazos despiadados.
El terror recorriendo mi cuerpo. Yo no era yo. Yo no era ninguna versión de mí. Loco o cuerdo, mis versiones insistían: impostor en mi propio cuerpo. Burda copia de quien creía conocer.
—Muerte al impostor… Muerte al impostor… ¡muere! ¡muere!
Y grité. Grité enajenado. Dando cabezazos a todo yo que se acercara demasiado. Mordiendo la cara de aquellos iguales que dolían. Pataleando a los yoes que me amenazaban con cuchillos punzantes, buscando parar mi corazón, intentando dar en el clavo. Yo no quería morir. Yo era yo. Yo era verdad. No era una versión. No era una copia. Era realidad. Único. Solo yo. Ellas eran la copia. Ellas eran fotocopias con algún error de impresión. No yo. Y saber eso, ser consciente que todas aquellas versiones eran espejismos de realidad me dio el empujón necesario para enfrentarme a ellas.
Fue una lucha desesperada. Sobrevivir a mis yoes era objetivo. Sentía el ansia sangrienta de matarlos a todos. Cada vez con más intensidad. Cada vez con más fuerza.
Yo era yo. Esas versiones formaban parte del pasado. No deberían existir. No las quería conmigo. Muertas. Las quería muertas, calladas para siempre. Y yo, solo quería resurgir de mis cenizas. Cometí el error de no matarlas antes. Ahora tocaba asesinarlas. Que no volvieran a tener voz. Que su voz fuera acallada por una muerte instantánea.
Cada golpe una pequeña victoria. Cada mordisco un nuevo impulso. Cada patada una liberación.
Caí exhausto. Rendido pero vencedor. Pude con mis 48 versiones. Conseguí destriparlas y que no me engulleran de nuevo.
Encogido en la esquina más alejada de la puerta, siempre cerrada, el llanto surgió gutural. Mis brazos cruzados necesitando libertad para limpiar los mocos y las lágrimas que caían libremente. Los cabezazos que hacía unos instantes daba a mis yoes, ahora los dirigía a la pared blanca. No dolían. Suelo y paredes estaban acolchados.
Miré de nuevo las 48 versiones de mí. Volví a sentir la victoria y esa certeza me hizo sonreír. Y no tan solo sonreír, sino reír. Una risa al principio silenciosa que se fue conviertiendo en carcajadas locas. Había ganado.
—He ganado. ¡Joder! He ganado— grité a la nada.
Y la risa seguía imparable. Mi cuerpo se balanceaba adelante y atrás, con prisas, nervioso, pero a la vez en paz. No podía evitar ese vaivén enajenado que me apaciguaba y me revivía.
Adiós a la infancia cruel de la soledad y los insultos. Adiós a las noches de placer solitario y sueños rotos. Adiós al control extremo por miedo a equivocarme.
Adiós a versiones odiosas de mí. Adiós a unas máscaras que me impusieron y escondieron mi verdadero yo. Mentiras impuestas.
—Hijos de la gran puta… ¡Dejadme vivir! ¡Dejadme ser!
Gritar me liberaba. Escupir a esas versiones muertas me engrandecía. Todo mi cuerpo liberado, volátil. Eufórico en mi triunfo. Todo mi ser desbordado por esa batalla inesperada, pero ganada a pulso.
Las risotadas resonaban entre las cuatro paredes. Eran música celestial en mis oídos. Jamás había reído de tal modo que me dolieran las entrañas de tanto reír. Se me cortaba la respiración de tanto reír. Dichoso de sentirme vivo, como nunca antes me había sentido.
En mi loca felicidad, no escuché abrirse la puerta. Ni vi entrar a los batas blancas. Ni siquiera noté sus brazos rodeando mi cuerpo.
Solo un pinchazo.
Vacío. Ingrávido. Solitario.
Oscuridad.
Despierto en una habitación minúscula. Atado todo el cuerpo con enormes correas. Un foco sobre mi cara me ciega. Solo escucho unas voces.
—No hay más alternativa. Los fármacos no funcionan.
—¿Sólo queda esta opción?—. Reconozco la voz de mi madre. El corazón me late desbocado. Quiero hablarle. Contarle mi victoria. Pero me han amordazado.
—Lo siento, pero es la única manera de mantenerlo en calma.
Escucho los sollozos de mi madre. Sé lo que viene ahora.
—Son solo unas descargas. Todo irá bien.
Ya todo da igual. Una vez más, la derrota mata la versión 49.



Muchas gracias! Tocará esperar al año que viene🫂
Muy buena la identidad fracturada. Tenías potencial para por lo menos ser finalista 💙